HomeEtimología del algoritmo5. Algoritmo – Tesis C: retroproyección

5. Algoritmo – Tesis C: retroproyección

En la Tesis C se examina cuándo surgió el relato hoy dominante de al-Ḫwārizmī. Está probado que en el siglo XIX se formuló por primera vez como mera conjetura. Desde el inicio, el contenido fue retroproyectado. Esto concuerda con los resultados de las Tesis A y B (comprensión funcional en la Edad Media). Está acreditado que fue Joseph Reinaud en 1849 quien mencionó por primera vez el “verdadero origen”. Sin embargo, la conjetura solo fue calificada como “probada” por Moritz Cantor y colegas.

En el marco de la Tesis C, el análisis llega a este resultado:

  • Antes de 1849 no existía un epónimo al-Ḫwārizmī, ni siquiera como hipótesis.
  • La “redescubierta” de su persona ocurre así 800 años después del Dixit Algorizmi.
  • Fue una época de pocas fuentes y malas posibilidades de datación de manuscritos medievales.

Esto último explica cómo de una conjetura de Reinaud pudo surgir el “prueba” que se afirma hasta hoy. En el siglo XIX faltaban muchas fuentes primarias sólidas para reconstruir un resultado más realista. El resultado es, entre otras cosas, producto de información ausente, rellenada con especulación. Sobre esa base, la tesis epónima aparece por primera vez en 1849 y unos 15 años después es presentada por autores alemanes como “demostrada”.

Boncompagni (1857) como catalizador, no como “descubridor”

Una causa importante es Baldessare Boncompagni. En 1857 vuelve a publicar el Dixit Algorizmi y le da el título editorial Algoritmi de numero indorum. Su práctica editorial (entre otras cosas, Dixit Algoritmi con “t”) aumenta la cercanía fonética con la grafía moderna de “algoritmo”. Boncompagni aporta por primera vez referencias impresas citables y vuelve a popularizar el término. Pero él mismo no fundamenta un epónimo. Esta interpretación se engancha, sin embargo, muy de cerca a sus publicaciones, porque desencadenan una especie de “hype”: una suerte de “competencia de descubridores” en torno a la historia de las matemáticas.

La “odisea erudita”: 1849–1871 nace la retroproyección

Contexto del siglo XIX: caza de manuscritos y retórica de “prueba”

La historia de las matemáticas se institucionaliza por primera vez (revistas, cátedras). Como la base de fuentes sobre Antigüedad/Edad Media es escasa, pequeños indicios se inflan rápidamente hasta convertirse en “pruebas”. A la inversa, las contradicciones tienden a “armonizarse” más que a debatirse. Esto favorece un clima en el que un relato plausible pesa más que evidencias primarias duras.

La cadena de autores clave

El epónimo no se inicia con Boncompagni, sino mediante una cadena franco-alemana de publicaciones: primero Reinaud (1849), luego Wöpcke (1851), finalmente Cantor & Steinschneider (1865), Friedlein (1869) y Treutlein (1871). El punto culminante lo forman las lecciones de Cantor (1880/1894). Estas obras constituyen un “núcleo gravitacional” alrededor del cual orbitan textos posteriores.

Problema de fondo: ¿quién es “al-Ḫwārizmī” y podía significarse así en el siglo XII?

El análisis revela un problema estructural: al-Ḫwārizmī es una nisba, un apellido de procedencia (“de Jorasán/Corasmia”). Varios eruditos la llevaron. Para un epónimo medieval, sin embargo, en el siglo XII tendría que haber sido inequívocamente conocido en al-Ándalus/Europa un individuo concreto bajo ese sobrenombre.

Además, la cronología se vuelve más tensa:

  • Según esta lectura, el Dixit Algorizmi surge antes de la traducción latina del álgebra.

Con ello, ni siquiera está asegurado que los copistas conocieran al autor del álgebra—y menos aún que lo identificaran principalmente por su nisba.

El texto de Reinaud ilustra incluso la situación competitiva con al-Bīrūnī, también vinculado a Corasmia y en el siglo XIX a veces más prominente en Europa que Ben Mūsā; y con Omar al-Khayyām, cuyo título de álgebra también encaja y que, en teoría, habría podido servir como referencia más cercana. La conclusión: la mera posibilidad de varios candidatos hace metodológicamente cuestionables las afirmaciones de “prueba”.

Estaciones decisivas de la retroproyección

Ben Mūsā entra tarde en el foco

Rosen traduce por primera vez el álgebra en 1831, pero a partir de un manuscrito árabe (1342), y establece en Europa sobre todo el nombre “Mohammed Ben Mūsā”; el sobrenombre “of Khowarezm” aparece más bien de manera secundaria. Consecuencia: hasta mediados del siglo XIX falta en Europa un uso nominal estable que vincule fonéticamente “algorismo” con Ben Mūsā.

Reinaud (1849): inicio como conjetura especulativa—y ni siquiera centrada en Ben Mūsā

Reinaud encuentra en un texto del siglo XVI la palabra “Alchoarizam” (probablemente incluso como añadido manuscrito aislado) y especula: el algorismo podría llevar el nombre del erudito que difundió el sistema numérico. Su primera atribución personal se inclina más hacia al-Bīrūnī; solo en segundo plano piensa en Ben Mūsā—y tropieza con contradicciones de datación (940 no encaja con ninguno de los dos). Importante: Reinaud conoce al mismo tiempo el estado lexicográfico (antiesp. alguarismo), pero en la práctica lo ignora en favor del enfoque epónimo.

Cantor (1865): “prueba” a partir de un nominativo—pese a una lectura alternativa evidente

Cantor trabaja con el “Códice de Salem” (entonces fechado erróneamente en el siglo XII; hoy más bien hacia 1300). Declara el nominativo algorizmus como “prueba” de que hay un nombre propio detrás—y al mismo tiempo sostiene la idea del “olvido”. Pero el texto contiene también el acusativo algorizmum en un pasaje alegórico (siete tipos/dones del Espíritu Santo), que apoya una lectura funcional o alegórica. Cantor se concentra en el nominativo y pasa por alto la fuerza de la totalidad del pasaje: la supuesta “prueba” parece una sugestión probatoria.

Steinschneider (1865): el “epónimo vacío” se rellena con Ben Mūsā

En el mismo volumen de revista, Steinschneider plantea la ecuación: Algorizmi = Chowarezmi = Mohammed Ben Mūsā. Él mismo menciona varios candidatos y riesgos de confusión (entre otros, Banū Mūsā), pero se decide por Ben Mūsā sin una fundamentación sólida. Interacción: Cantor aporta la “prueba de que es epónimo”; Steinschneider aporta “qué persona”.

Friedlein (1869) y Treutlein (1871): expansión mediante “tesis del olvido” + morfología creativa

Friedlein convierte cada vez más a Ben Mūsā en el icónico “Alkhärizmi” e intenta construir una morfología nominal a partir de textos posteriores (Algus/Algo). Subraya selectivamente, añade fuentes entre paréntesis y explica las interpretaciones funcionales medievales como resultado del “olvido”. Treutlein adopta y refuerza: muy pronto se habría hablado funcionalmente de algorismo porque el epónimo se olvidó muy pronto, de modo que casi todas las fuentes medievales quedarían “después del olvido”. Resultado: la tesis se inmuniza frente a contraejemplos (porque cada contraejemplo se interpreta como síntoma del olvido).

Fihrist

 / Karpinski / Dodge: “pseudo-pruebas” posteriores mediante encabezados editoriales

La literatura posterior sugiere pruebas en el Fihrist (siglo X) para demostrar que Ben Mūsā fue principalmente “al-Ḫwārizmī”. El texto argumenta en contra: en traducciones se habrían insertado encabezados/etiquetas de palabras clave que no figuran así en el original; así surgen “hechos aparentes”. Esto refuerza el relato a posteriori sin mejorar realmente la base primaria medieval.

Conclusión general de la Tesis C

  • El epónimo al-Ḫwārizmī es reconstruible, desde la historia de las fuentes, como una creación del siglo XIX (inicio 1849; canonización desde 1865 en adelante).
  • La “cadena de pruebas” se apoya en gran medida en indicios, dataciones erróneas, lecturas selectivas y la tesis del olvido como explicación comodín.
  • Las fuentes medievales (Tesis A/B) muestran principalmente una comprensión funcional (arte de cálculo / cálculo en polvo), que choca con un epónimo estable.
  • A través de diccionarios/enciclopedias surge desde finales del siglo XIX una citogénesis: la repetición sustituye la justificación; más tarde los léxicos digitales y la IA amplifican el eco.

De ello se desprende este resultado parcial: el relato epónimo es plausible como retroproyección, pero sin fuentes primarias medievales sólidas que sostengan la atribución inequívoca a una persona concreta.

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